26 dic. 2009

Algo de envidia y admiración.

Hoy ha sido un día especial. Navidad, creo, o eso dicen. El aniversario de ese tipo tan importante, ¿cómo se llamaba…? Qué más da, a pesar de la evidente importancia de ese tío que nació hace 2009 años y murió 33 años después (si mi escasa cultura religiosa es correcta), no tiene nada que ver con el tema del que voy a hablar (escribir) hoy. Aún así, me sigo yendo por las ramas, como siempre.
Sigamos. Un día especial. Y es que hoy tuvimos que coger el coche para ir a Barcelona ciudad, a ver a mi familia paterna, que se trasladó ahí a principios de curso. Así que nos hemos estado una hora de ida en coche, y como yo ayer tuve el placer de estar trasteando en el ordenador hasta las tantas (como siempre), estaba cansada y con ganas de pegar ojo, conecté el Ipod (¡SPAM!).
Me inundó la música, como siempre también. Por eso me gustan tanto los viajes largos, maldita sea, por que puedo enchufar el auricular, escuchar distraídamente, mientras pienso en mis cosas, y en las que no son tan mías, cosa que en realidad no puedo hacer siempre, o al menos no siempre que quiero.
Y esos fueron mis pensamientos de hoy: ¡Qué bonita es la música, joder! ¡Y qué poco entiendo de ese lenguaje! Me resulta tan sorprendente pensar que hay gente que, al escuchar una canción cualquiera, entiende cómo ha estado hecha, que pensar que hay gente que comprende la estructura de un átomo. Siempre fui tan negada para ello… Intenté aprender piano de pequeña, pero vi claramente que no tenía futuro, y lo dejé enseguida. Siempre suspendí la música en el colegio, excepto cuando dimos historia, aquella cosa tan sencilla que mi memoria es fácilmente capaz de registrar. Y aún así, me embelesa, me encanta la música de casi cualquier tipo. Y me fastidia tanto pensar que estoy escuchando un lenguaje encriptado para mí, ¡detesto tanto la posibilidad de que algo esté fuera de mi alcance…! Qué ironía. Mi mente racional y algo cuadrada, que a tanta gente sorprende, es un impedimento para comprender algo que me fascina.
Es como aquella chica boba que frecuenta las fiestas veraniegas llenas de turistas, que se deja seducir por un guaperas italiano por la sonoridad de su acento, aunque no tiene ni idea de qué le está contando.
Y sí, también me joroba ser una chica boba. Pero tal vez eso es lo bonito y especial que tiene la música: que no está al alcance de todos, sino, más bien, al alcance de unos pocos. Y aunque en el fondo de mi corazón hay una pequeña mota de envidia hacia los que poseen ese don, esa luz, también los admiro. Conozco a unos cuantos, más de uno más o menos cercano a mí, y les admiro.
Y cuando uno de esos, el más cercano de todos, me dice con alegría “Un día de estos te voy a dedicar una canción”, me parece el regalo más grande de todos. ¿Por qué, si a él no le cuesta nada, si él puede hacerlo todos los días, si no le resulta nada especial?
Por que yo no soy capaz. Así de simple.
Pero tampoco puedo hacer más que seguir escuchando, ampliar mis discos duros para meter más canciones de todo tipo de géneros, y seguir maravillándome cada día con esas cosas que escapan a mi capacidad.

19 dic. 2009

Chocolate humeante, luces de Navidad, y abrazos calentitos de alguien enfundado en un abrigo o jersei.

Invierno. Qué gusto que haya llegado al fin, pues en mi país parecía que no se decidía a desperezarse y venir desde octubre. El frío llegó en serio por primera vez este año hará una semana o dos.
Me encanta, me encanta que se haga de noche pronto, que haga fresco, poder ponerme abrigos, bufandas, jerséis de lana blanditos, pasear por la tarde, a oscuras a las cinco de la tarde, pero a la vez andando bajo una cascada de luz proveniente de las luces de Navidad que llenan la parte alta de las calles, el ambiente, la gente de un lado a otro, ajetreados, pero alegres por las vacaciones que se nos acercan, cargados de bolsas de cada tienda, también envueltos en bufandas y chales.
Me encanta pasear con alguien, si hace frío, ir a una cafetería calentita y escondida y comprar un chocolate caliente, y al salir reír de lo roja que se nos pone la nariz.
Andar por la calle, y que el frío viento seco propio de esta época del año me aparte el pelo de la cara. Y la Navidad... Ah, la Navidad. Hubo un tiempo en que la... no odiaba, pero me aburría. Luego aprendí a apreciarlo.
Adoraba el último día de colegio, en que no venía todo el mundo, por supuesto. Curiosamente, la gente es más agradable cuantos menos seamos en clase, y es por estas épocas (junto con la época de exámenes, cuando compartes asiento en la biblioteca del colegio con gente con la que normalmente intercambias dos palabras por semana) cuando conoces en más profundidad tanto a desconocidos que ves cada día como a gente que realmente consideras tu amigo. Curioso.

Sólo hay una cosa que siempre, en mi subconsciente, pensaba que estaría bien, por probar. No os riáis de mí, era sólo un pensamiento absurdo...
Me gusta el frío, pero... siempre pensé que un exceso de este podría evitarse con el abrazo calentito y agradable de alguien dispuesto.
Je. Qué gracia. No me equivocaba, el abrazo calentito de alguien enfundado en un abrigo o jersei de lana mullida es tan bueno para hacer pasar la rasca que el anteriormente mencionado tazón de chocolate humeante.

27 nov. 2009

Aromas de verano.

Foto tomada el 16/7/2011.




Marcos estuvo toda la tarde de domingo haciendo limpieza en el ático. Retiró pilas y pilas de cajas polvorientas, comprobando el contenido de las mismas, y escribiéndolo en las cajas con un rotulador. Las que quería guardar, las dejaría a su derecha, y las otras detrás suyo.
¡Tan pocas cajas se salvaban...! La primera fue una pequeña, de cartón, donde ya estaba escrita una fecha. La abrió, temiendo lo que iba a encontrar.
Y sí, ahí estaba.
Un viejo ejemplar de una novela de Dickens, que nunca terminó de leer...
Lo abrió por la página cien. Sabía de sobra lo que había. Una margarita seca, puesta a secar ya hacía años. La olió, nostálgico. Y es que algunos recuerdos son como puñetazos en la nariz.
Un verano, hacía muchos años, durante sus vacaciones, la conoció. Ella, una chica bonita, discreta y silenciosa, a la que siempre se veía leyendo apaciblemente bajo la sombra de un roble solitario en el prado.
Cada vez que Marcos pasaba por delante suspiraba. Ella, con sus cabellos del color del trigo ondeando al ritmo de la suave brisa campestre, con el frescor que proporcionaba la sombra del roble en esos secos y cálidos días de verano, el sol reluciente que bañaba los campos de cultivo que rodeaban el prado de hierba, los vestidos de algodón blanco... Todo le procuraba una sensación de paz por la que él se moría de ganas de formar parte.
Un día, finalmente, se decidió a acercarse a ella, y... quedó absolutamente cautivado. Era absorvente.
Cada día, desde que se decidió a hablarle, se quedaba estirado a su lado bajo la sombra del roble, charlando de banalidades.
Aunque ella no levantaba los ojos de su libro, él podía ver su sonrisa sincera, y apreciar sus amables consejos. Le entendió como nunca nadie lo hizo antes.
Suspiró, triste, al recordar el desenlace: tuvieron que despedirse, y, como recuerdo, la muchacha le dio su libro, y una florecilla blanca. "Para que nunca te olvides de mí", recordaba que murmuró con su bonita sonrisa triste.
Cerró el libro de golpe, y lo colocó con afecto en la caja, que dejó a su derecha. ¿Olvidarla...? ¿Cómo? Y menos con esa flor.
Marga, Margarita.

Yo tampoco quería que este verano acabara, pero pasó. Y lo que daría por volver a mi perfecto Agosto.
(Redacción. Septiembre de 2009)

24 nov. 2009

Una preciosa muñeca de porcelana.



Una preciosa muñeca de porcelana. Eso era ella. Y no es ninguna metáfora. Era una preciosa muñeca de madera pulida recubierta por una fina capa de blanca porcelana china con un mecanismo interno metálico de lo más sofisticado. Tenía unos mofletes artificialmente sonrosados y los labios pintados de color rojo. Oh, sí, lo recuerdo perfectamente. Los pinté con mucho cariño y esmero. Cuando la terminé, contemplé el resultado de mi duro trabajo largamente. Al final, me emocioné tanto por su perfección, que una humedad diferente al sudor al que estaba acostumbrado brotó de mis ojos. Lloré, sí, pero esa primera vez que lloré por ella fue felizmente. Rocé su perfecto perfil, sus pómulos mármoleos, sus labios, cuya pintura se acababa de secar, su naricita respingona, la redondez del óvalo de su cara, con mis dedos después de limpiarlos de grasa, polvo, serrín y otros residuos.Y, finalmente, le di cuerda. Fue simplemente maravilloso. Mágico. Se puso en marcha, algo rígida, como todas, pero con una belleza y gracilidad de movimientos inusitada, inigualable a cualquier otra máquina. Desde el primer momento, me dije que no podría venderla. No podía. Habría sido un crimen terrible, cualquier precio habría sido un insulto para tal perfección, armonía de formas y movimientos.En resumen: hermosa. Así la definiría yo. Y todos sabemos que la hermosura es el peor enemigo de los hombres. Los atrae, los embelesa hasta que olvidan lo peligroso que es dejarse llevar así, los captura. Yo lo olvidé. La amé. Me dejé llevar por su aparente perfección, su belleza efectivamente inhumana. Me hizo daño. Pero no volveré a olvidarlo. Ni a ella tampoco.A ella, menos.

23 nov. 2009

La edad.

Foto tomada el 1997-98 aprox.


Cuando eres un niño, tienes miedo, estás tan asustado de todo lo que te rodea... Y ni siquiera te das cuenta de ello.
Cuando eres un joven, sólo quieres salir ahí fuera, y conquistar el mundo por ti mismo.
Y entonces, cuando te haces mayor, ves que el mundo es demasiado grande como para hacerte con él tú solo. Entonces es cuando encuentras a buenos amigos que te ayudarán; pero sólo, por que ellos también quieren hacerlo suyo.

10 nov. 2009

Reality Show.

Había una vez un hombre que hablaba poco. Era frío, racional en exceso, insensible e impersonal. No se merecía nada, no merecía que nadie le quisiera, pero aún así... Adela lo amaba.
Se conocieron en el trabajo, un empleo sencillo en una oficina. Pura burocrácia. Aún no sé por qué, pero desde el primer momento, ella no le quitó los ojos de encima. Y yo, como siempre, atento a las historias que se desarrollan a mi alrededor, seguía sus movimientos, expectante, esperando el próximo día laborable como quien espera con ánsias el siguiente capítulo de la telenovela.
Adela, una secretaria, suspiraba por el jefe de servicios informáticos, un hombre arrogante y seco, que nadie soportaba. Nadie menos ella, por supuesto. Día tras día, contemplaba las tentativas de Adela para acercarse a su amado, todas en vano. Era desolador ver como la chica se iba marchitando ante los maravillados ojos de la otra gente de la oficina, que, a diferencia de mí, no aprecia los detalles. Poco observadores, por que, francamente, salta a la vista.
Finalmente, tomó una dura decisión: dejaría el trabajo, por que, como ella misma decía con sonrisa triste, "la estaba matando lentamente". El supervisor aceptó con lástima su dimisión, y ella volvió al cabo de unos días para recoger sus cosas. Una vez metidas todas dentro de una caja de cartón, se acercó pesarosa al objeto de su amor y desgracia, y se despidió con timidez. Nunca olvidaré la despedida de aquel hombre:
-Ya era hora de que lo hicieras. Estabas demasiado distraída, y ya eres suficiente mayorcita como para saber que en el trabajo se viene a trabajar, no a hacer manitas. -ni la miró. Ella suspiró, y se marchó para no volver más.
Realmente, pocos guionistas habrían podido siquiera pensar una mejor frase para el final de una serie.

26 oct. 2009

Muy bien. Un placer...

Si Adelina se fuera con otro, yo... No sé qué haría. Me volvería loco. Porque ella ha sido la primera persona que me ha querido tal y como soy, conociéndome en profundidad, con todas mis facetas, y respetándolas y amándome en mi totalidad.
Ella, cuando me respondió con un "y yo a ti", hará cosa de seis meses, cuando me dijo que sí con una sonrisa de felicidad en los labios, cuando me cambió la vida, me hizo sentir tan especial, tan digno... Suficiente como para que una chica tan perfecta como es a mis ojos mi Adelina se fijara en mí. Por eso, cambié mucho en cuanto a personalidad, y físico. No quería decepcionarla. Dejé de ser tan tímido, me gané algunos amigos, salía más de casa... Conseguí que la gente me apreciara, gracias a ella.También, para ser merecedor de ella, procuré mejorar físicamente (cosa que ella ni notó; dice que eso no le importa... ¡qué maravillosa es!).
El caso es que, gracias a ella, a mi Adelina, mejoré como persona, extendí mis alas, y conseguí salir del pozo de autodestrucción en el que estaba sumido. Ella es mi vida, mi luz, mi todo. Y si se fuera con otro, yo vería que en realidad, no soy especial, y probablemente volvería a caer en el pozo.
Pero eso de momento no ha pasado, así que seguiré viviendo en mi burbuja mientras puedo, queriéndola, sintiéndome querido, y pensando que soy especial.

5 oct. 2009

Felicidad.

"Esto es una carta para mostrar mi felicidad al mundo. Sí, suena totalmente egocéntrico, pensando en la cantidad de gente que está tirándose de los pelos contínuamente por su depresión, pero llevo tanto tiempo preocupándome de los demás que ya ha llegado la hora de que me ocupe de lo que me pasa a mí.
Y es que, por fin, a base de obviar lo malo, de ignorarlo, este se ha cansado de atormentarme, y me ha dejado dormir tranquila del todo al fin.
¡Tantas cosas han pasado...! Le tengo a él, a ellas, a todos. Les quiero, y más curioso aún, me quieren a mí. Es una sensación tan rara... ¡Tan espléndida! Pero también algo asfixiante.
Y es por que sé que todo lo bueno acaba, y que en nada, mi dorado mundo de felicidad atraerá la desdicha y se desmoronará.
Es como el castillo de ese mitológico rey vikingo: una dorada mansión, donde se servían grandes festines, donde los bufones alegraban la corte de tal manera, que toda la família del rey y los invitados también vivían en un estado de felicidad radiante que parecía imposible. Algo que brilla tanto, no puede esperar no ser visto por la desgracia.
O como dijo un poeta británico, "nothing gold can stay" ("nada dorado puede durar", en castellano, aunque suena mucho más bárbaro en inglés, como de costumbre).
Aún así, como dijo el bardo que cantaba las gestas del rey vikingo, y que daba consejos basándose en esa historia, no aprovechar esa dicha mientras dura sería un crimen terrible. Así que hagamos caso al escaldo, y aprovechemos la alegría, esperando a que se acabe.
Y es que la felicidad es algo tan efímero, tan frágil... aún más que las cenizas resultantes de quemar las plumas de una grácil ave.
[...]"

8 sept. 2009

Ya no es miedo. Ahora, es terror.

Qué miedo tengo... Estoy muerta de miedo. Raro, ¿verdad? Que alguien como tú, que cuando está cerca me inspira nada más que cariño y seguridad, me aterre de esta manera cuando está lejos de mí.
Tengo tanto miedo por... por... Calmémonos, tratemos de poner los pensamientos en orden. Pero este miedo irracional me impide pensar, mierda ya. Aver, aver. ¿Qué pasa? ¿Por qué este nerviosismo? La respuesta parece obvia, me la gritan todos los poros de mi piel. "No queremos que te hagan daño", me chillan, mientras se me pone la piel de gallina.
"¿Daño? ¿Por qué deberían hacerme daño?", me pregunto yo, algo confusa aún. Pero ea, ya tengo una pista, y eso me tranquiliza.
Vale, ahora que mi respiración se va calmando, mi cerebro va emergiendo de la neblina, dispuesto a ayudarme a pensar. Daño...
Sólo se me ocurre una persona que tenga en sus manos el poder de hacerme daño. Él. Sí, él, él tiene ese poder, al tenerme pillada como una tonta. Ajá, sí, es eso... Sólo imaginármelo diciendo algo como "ya no te quiero" se me rompe el alma. Pero...
No puedo hacer nada para evitar que eso pase, ¿verdad?
Me he metido a ciegas en una cueva oscura plagada de trampas, cogida de su mano, y donde sólo él tiene la linterna. Lo cual me deja sólo con la opción de confiar ciegamente en él.
Debo confiar en que no me hará daño, y varias personas me han asegurado que en mi caso eso será infalible, pues él desea fervientemente que yo me entregue de esa manera. ¿Sabré hacerlo? Espero que sí. Por que otra cosa que tampoco podría soportar mi corazón sería hacerle daño a él.
En fin. En caso de que él me hiciera daño... Sobreviviría, ¿no? Soy fuerte, o almenos lo he sido toda mi vida. Solución al tema: Si me hieren, me pondré una tirita.
Si le hiero yo a él... rezaré para que alguien le enseñe a ponérsela.

25 abr. 2009

Miedo.

Me quieres. Al menos, eso es lo que me juras y perjuras; lo que me repites hasta la saciedad con palabras tiernas que me emocionan; lo que me dices cada noche antes de irnos a dormir y en cuanto me ves.
Lo reconozco. Yo también te quiero. ¿Cómo no quererte? Una persona que me ofrece un amor incondicional, sin fijarse en mis defectos más obvios, que lo son, y que exalta mis virtudes, como si de un pedestal en el que colocarme se tratara, que me lo repite en todo momento para que no sienta en ningún momento que no es verdad, que aguanta cada noche largas explicaciones de mis problemas y pensamientos más absurdos... Si lo pienso, hay más gente que me trata así, como tú haces, pero aún así, ninguno de ellos ha conseguido arraigar dentro de mí con la misma fuerza que tú. Tú estás aquí, agarrado como un cepo, y dudo que te sueltes en mucho tiempo.
Aún así, este sentimiento, que no había tenido la experiencia de sentir nunca, no es tan negativo como había temido. Lo dicen todas las canciones: dolor, angustia, infelicidad, frustración...
Supongo que soy afortunada. No he pasado por nada de eso, más bien al contrario. Cada día descubro que me gusta más nuestra relación, que confiamos más el uno en el otro, que estamos más unidos... Y creo que eso es lo que más me asusta. Me resulta desconocido. Nunca antes había compartido mi vida con nadie de esta manera, y tengo miedo de no hacerlo lo suficiente, o de pasarme, y darte demasiado del peso que yo tengo que arrastrar, olvidando que tú, como todo el mundo, tienes tu propio peso que llevar.
Aún así, ¿por qué me asusta tanto que me quieras? Y si es eso lo que me asusta, entonces, ¿por qué me asusta que no me quieras también?
O mejor dicho: ¿Por qué temo y a la vez deseo tanto el momento en que podamos vernos, estar solos, hablar claro? Una vocecita dentro de mi me lo dice. “Tienes miedo a que se desencante, a que te deje de querer, a que te haga daño. ...O tal vez, a lo que tienes miedo es justamente a que eso te pase a ti”.
Tiene razón. Nunca he querido a nadie así, nunca me han querido de esta manera. Soy una torpe. ¿Cómo sé que voy a hacerlo bien?