5 jul. 2012

Luminosa.


Foto tomada el 24/06/2012.


Así era. Así la veía yo, al menos, esa última vez que la vi, en el prado de flores, por aquel entonces yermo, con su vestido blanco y su melena de rizos casi rubios ondeando al son de la brisa de verano.
Su sonrisa de niña. Sus ojos azules como el cielo de agosto. Su voz aguda y risueña como la de algún extraño pájaro tropical. Luminosa. Toda ella.
Dijo algo que no escuché, y se agachó a coger unas florecillas. Pequeñas, frágiles, blancas. Como ella. Cerró sus grandes ojos azules y al abrirlos de nuevo se quedó mirando al cielo, acariciando las pequeñas flores blancas con suavidad con sus pequeñas manitas.
-Mañana me voy. Lo sabes. -no era una pregunta. Era una afirmación, que esperaba ser ratificada, o que tal vez deseaba ser negada. Bajé la cabeza, formando un raro contraste: ella miraba hacia arriba y yo hacia abajo. No dije nada.
Así pasaron unos minutos. Nadie dijo nada. De repente ella alzó los brazos, sonriendo levemente, sus ojos grandes y redondos mirando al cielo en busca de algo mejor.
Daba la impresión de que iba a alzar el vuelo en cualquier momento, su vestido blanco de algodón fino y sus cabellos claros ondeando al viento, escapando lejos de esa realidad que no la convencía, escapando de mí, escapando de todo. Siendo libre.
Como un pájaro grácil, delgado y huesudo pero de plumaje suave, blando y blanco,
Así era ella.
Luminosa, brillante, blanca como un cisne.