20 abr. 2010

Mala memoria.

Paula era una chica despreocupada, alegre, y algo torpe, pero, por encima de todo, olvidadiza. Siempre se quejaban de ello sus familiares, cuando se olvidaba de sacar a pasear el perro o de ir a tirar la basura, sus amigos, cuando no recordaba qué día habían quedado o a qué hora empezaba la película, y sus profesores, cuando se dejaba los deberes en casa o no se acordaba de traer el justificante para ir de excursión. A pesar de ello, había alguien que nunca se quejaba de la mala memoria de Paula. Daniel. Un día en que estaba deprimido, le preguntó a Paula si le quería, y ella se indignó. “¡Pero por qué preguntas, si ya sabes que sí!”. “No, por nada, porque me gusta oírtelo”.
Nunca más Paula se olvidó de decirle “te quiero” cada día sin falta. Y es que para las cosas importantes de verdad, tenía toda la cabeza del mundo.

15 abr. 2010

El mejor fotógrafo del mundo.

Foto tomada por Alex Cliffhanger, el 5/2/2011




Él era el mejor fotógrafo del mundo, aunque aún no lo supiera. Después de toda su vida entregado al que sería su arte, dedicando su tiempo libre después del colegio a ello, estudiando como un condenado en el instituto para que le concedieran una beca para la mejor academia posible, y una vez ahí, trabajando como su le fuera la vida en ello para aprender y dominar las técnicas como un maestro, el fotógrafo encontró un empleo mediocre que no permitiría a nadie expresar su auténtico talento al mundo: fotografiar las piezas que salían en los libros de instrucciones de montaje de los muebles. No hace falta mencionar que era el mejor en ese trabajo, pues sus fotos eran perfectas técnicamente, de encuadres magníficos e iluminación inmejorable. Aunque él sabía que algo andaba mal, no lo hubiera notado en mucho tiempo al fotografiar objetos tan cotidianos y con un fin tan poco interesante.
Al cabo de un par de años, se aburrió de captar con sus lentes simples pedazos de madera y metal, y se buscó un huequecito en la sección de clasificados del periódico local para buscar a gente dispuesta a posar para él gratis: estaba decidido a empezar a ser un artista de verdad, aunque fuera desde lo más bajo; como un mero aficionado, a pesar de sus años de estudio.
Tardó cierto tiempo en aparecer alguien serio,pero finalmente, el fotógrafo quedó por teléfono con una voz clara y musical en un parque del centro para una sesión. La modelo era una joven, profesora de primaria, que deseaba tener fotos suyas pero no tenía mucho que gastar en ellas.
Así, el fotógrafo se dispuso a hacer con sus suaves contornos lo mismo que con los fríos trozos de metal, a acariciar con sus complejas lentes su pelo al sol, a retratar con sus caros aparatos aquellos ojos oscuros y penetrantes. Todo en vano. Se dio cuenta entonces que tenía el mismo problema que con las tuercas: fotos técnicamente impecables, pero sin ningún interés.
Se decidió a probarlo una vez más (no hace falta que os haga notar que nuestro protagonista tenía una gran fuerza de voluntad), y pidió amablemente a la modelo que sonriera a la cámara. Ella frunció el ceño con gesto de lástima.
-Lamento no poder complacerte, pero es que últimamente lo he pasado mal y no creo que mi sonrisa sea suficiente.
El fotógrafo parpadeó desconcertado.
-Pero eres la modelo. Tu trabajo sería engañar a la cámara, y a todos los que vean la foto posterior, para que muestre lo que tú o yo queramos.
Ella negó con la cabeza con aire didáctico.
-¿Qué te enseñaron en la escuela, artista? Deberías saber que las cámaras eran consideradas en sus inicios objetos que se usaban para robar el alma a la gente. Y es que en cierta manera, lo que hacen no es tan diferente: captan el reflejo del alma del retratado, y lo muestran a los ojos de los demás, como si estuviera desnudo. No puedes engañar a una cámara.
El fotógrafo comprendió, y continuó haciendo retratos a la maestra. Esa misma noche, las reveló y retocó él mismo, dejándose la piel, inhalando productos químicos y dejándose la vista en el cuarto de luz roja.
No muy convencido de que hubiera habido un cambio sustancial, a pesar de que efectivamente se lo parecía a primera vista, las mandó a un amigo que trabajaba en una galería de arte. Al cabo de apenas dos días, el fotógrafo fue invitado a presentar su propia exposición: Lo había logrado.
Era el mejor fotógrafo del mundo. Pero necesitó su tiempo para descubrir que las grandes cosas no se hacen sólo con trabajo duro, sino con el alma y sentimiento.

Todo suele ir a parar al sofá.

Foto tomada el 23/04/2011.


-Maestro, busco y busco sin parar, pero no encuentro.
-¿Has mirado por toda la casa?
-Sí.
-¿Debajo de todos los muebles?
-Sí.
-¿Incluso debajo del sofá?
-Sí.
-Qué curioso, todo suele ir a parar al sofá...
-Sí.
-Déjame ver... Un momento, ¿qué estás buscando exactamente?
-No lo sé, de eso se trata.
-¡¿Te has vuelto loco?!
-No, en absoluto. Eres tú el que me pide cosas más extravagantes aún, como que por delante de todo busque la felicidad. ¿Cómo pretendes que la encuentre si no sé ni dónde me la dejé?

5 abr. 2010

Te odio.

Foto tomada el 7/12/2011.


¡Te odio! ¡Desde el primer momento, desde el preciso instante en que nos presentaron, con esa odiosa sonrisa blanca que ciega, con ese pelo rojo tan brillante y raro, supe que no te soportaría! Odio todo lo que haces, todo lo que ello representa. La manera en que echas leche en el café, riéndote como si fueras adorable cuando te salpicas un poco, con esos hoyuelos tan absurdos que se te dibujan en las mejillas, tu manera de andar, con esa gracilidad de bailarina… ¡Anda normal, mujer, que estamos en la calle, no en un escenario!, la ropa que llevas, siempre sobria y elegante, como si fueras de una revista, ¡pretendes hacerme sentir mal a mí, que apenas me cambio de camisa de un día para otro, ¿a que sí?! Sin olvidar por supuesto esa manera en que enarcas las cejas pelirrojas cuando algo que yo digo te hace gracia, que tan irritante resulta, y entonces me das un beso en la mejilla sonriendo con sarcasmo, ¡si es que no te soporto! Pero lo que menos me gusta, lo que más nervioso me pone de toda tu persona, es la manera en que me haces sentir cuando te miro hacer cualquier cosa. Es como un pequeño vacío aquí, en el pecho, que me quita el ánimo para hacer cosas de todo el día, excepto pensar en ti y en lo apetecible que es tocarte esas mejillas paliduchas que tanta grima deberían darme y mirarte a esos ojos verdes que parece que vean a través de mí como el radar de un aeropuerto, haciéndome pensar sólo en decir cosas bonitas, empalagosas y absurdas. O “verdades como templos”, como te gusta llamarlas a ti, pedazo de ñoña.

Diez puñeteros días.

Ya está. Ya pasó. De los mejores diez puñeteros días de mi vida. No, no fui a ningún lugar exótico, sinó que me quedé en casa. No, no hice nada fuera de lo especial, sinó que fui a comer por ahí, a pasear a la ciudad, a comprar libros, a hacer fotos, a los recreativos, a montar en bici, y en varias ocasiones a ninguna parte, sólo me quedé mirando la tele en casa. Pero eso sí, acurrucada contigo y con tu mano acariciándome el pelo. Vienen ganas de ronronear sólo de pensarlo. Ya pasó. De los diez puñeteros días más cortos de mi vida, y eso que una de esas noches no la malgastamos durmiendo...
...Cómo se echa de menos a alguien y cómo me acostumbro a la presencia de la gente... Demasiado, porque luego duele. Un pedacito de mi... se llamaba corazón, ¿no? duele. Con poca intensidad, pero muy continuadamente.
Lo único que me alivia de eso es que significa que te quiero.