30 oct. 2010

Bonita.

Foto tomada el 23/08/2011




-Bien, lo reconozco. Tenías razón.
-¡Bueno, ya era hora! ¿Vas a decirme al fin que no soy sólo una cara bonita?
-Eh, espera. Yo nunca dije que sólo fueras una cara bonita.
-...Ah, ¿no?
-No. Aparte de tu cara, también tienes unos ojos bonitos, unas piernas bonitas, y un pelo bonito. De hecho, toda tú eres bonita. Aunque debo decirte que lo que menos bonito tienes son las manos. Cuídatelas un poco más, anda, que una chica tan guapa no debería ir con las uñas tan cortas. ¿Aún te las muerdes? Pues mal hecho. Seguro que tu madre te dice lo mismo que yo. ¿A qué sí? ¿A qué no me equivoco?
-...Te odio.

3 oct. 2010

Pero...

Foto tomada el 30/08/2011.




¿Acaso no te das cuenta de lo díficil que me lo has puesto?
¿O por el contrario, te das cuenta perfectamente, y era justamente eso lo que pretendías?

1 oct. 2010

Deseos de cosas imposibles.

Foto tomada el 28/03/2012.

Voy a decirlo sin tapujos. Te quiero. Quiero que estés aquí frente a mí. Quiero que te desnudes. Sí, puestos a ser sinceros, digámoslo todo. Quiero que te desnudes, que te quites cada pieza de ropa, una a una, y que las dejes ahí mismo. Quiero que me ayudes a quitarme la mía, y que me abraces muy fuerte. Quiero que caigamos los dos abrazados en esa cama tan grande de matrimonio que tan bien conocemos, y quiero que me dejes tocar cada centímetro cuadrado de tu piel. Quiero memorizar cada milésima parte de la superficie de tu cuerpo, ¿tan malo es eso? 
Y hablando de deseos, quiero que luego vayas a comprar helado de vainilla, que se nos ha acabado. No te preocupes, que no me moveré, te esperaré aquí, justo aquí. Te dejo vestirte para ir a buscarlo; aunque tienes un cuerpo demasiado bonito como para que los demás no lo vean, soy celosa del secreto que he descubierto, y no quiero compartirlo con nadie. Cuando hayas ido a por el helado, quiero que me lo des, junto a dos cucharas. Quiero que te vuelvas a desnudar, y quiero que te eches conmigo para que compartamos la tarrina, que ya sabes que es demasiado para una sola persona. 
Y quiero que juntos miremos pelis antiguas hasta que salga el sol.

27 sept. 2010

¿Sabes qué?

-¿Sabes, sabes?
-Dime.
-Me he despertado esta mañana, y...
-¿y...?
-Nada, me he dado cuenta de que te seguía queriendo.
-Vaya, teniendo en cuenta como eres al despertarte por las mañanas, se puede considerar una buena señal.

2 jul. 2010

Como el tiramisú.

Foto tomada el 15/07/2011.


Mirarte hacer cualquier cosa es justamente como comer tiramisú. Suave, dulce, ligero, entretenido y adictivo. 
Sólo espero que mirarte no engorde, porque he decidido que sea el substituto de mi anterior vicio. Y no tengo ganas de buscarme uno nuevo otra vez.

8 may. 2010

Bipolaridad rara.


Foto tomada el 18/4/2011



Qué susto me di a mí misma el otro día. Sí sí, cuando estuve toda la semana enferma, resfriada del todo, con el kleenex en mano todo el día por si a la gotita le daba por salir y con algunas décimas de fiebre.
El caso es que me fui a dormir (dormí fatal, por cierto), y tuve el sueño más raro de toda mi vida: en mi sueño, ya no te quería. Me había cansado de ti. Surrealista, ¿verdad?
Y bueno, eso no fue lo peor de todo. Me desperté, y al cabo de un rato de típica confusión mañanera, caí en la cuenta de que... bueno... ya no te quería. Fue raro. Muy raro. No sabía por qué, pero te había dejado de querer de la noche a la mañana: ya no sentía nada por ti. Ya no añoraba tu presencia, no me angustiaba para nada el hecho de no haber hablado en todo el día contigo, las cosas bonitas que sueles decirme ya no me decían nada. Curioso, curiosísimo. Pero real.
Pasé todo el día pensándolo, sin saber qué hacer al respecto, si es que me había salido un venazo de clarividencia, si es que la chispa se había ido, si es que la fiebre me había vuelto loca... Aunque luego, al reflexionar, me di cuenta de que apenas me importaba. Tú ya no me importabas. Había dejado de sentir nada por ti, incluso como amigo. Me eras indiferente.
Han pasado los días, parece que la cosa vuelve a ser más normal, vuelvo a quererte, o eso creo. Vuelve a gustarme hablar contigo, vuelvo a pensar en ti de vez en cuando. Pero no es lo mismo. Y dudo. Dudo sobre qué hacer.
No sé si te sigo queriendo. Que ya no será como antes, eso está claro. Y que tengo una bipolaridad rara, también.

5 may. 2010

Instrucciones para llorar.

En primer lugar, hay que asegurarse de tener a mano todo aquello indispensable para realizar el llanto correctamente. Para llorar como Dios manda, necesitaremos: un paquete de pañuelos de papel, a poder ser de marca "Kleenex", y un amigo que nos ofrezca su hombro.
Cuando ya tengamos reunidos todos los elementos necesarios podremos empezar. Para iniciar el proceso, necesitaremos también algún elemento que lo desencadene. Éste puede ser de cualquier tipo, desde una película romántica dramática, hasta un regalo muy bonito que nos emociona, pasando por el hecho de haber cortado con la pareja.
Si ya se ha producido el hecho que nos causa tristeza o emoción, y tenemos a mano todos los instrumentos que hacen falta, podemos disponernos a llorar.
Primero, hay que concentrarse en aquello que nos provoca las ganas de llorar. A esto (ejemplos enumerados anteriormente), lo llamaremos nuestro motivo.
En segundo lugar, cuando llevemos suficiente tiempo pensando en nuestro motivo, nos vendrán unas ganas de expresar aquello que sentimos que nos resultarán irrefrenables en cierta mesura (el tiempo que hay que esperar y la intensidad de las ganas son variables en cada persona). Seguidamente, notaremos como una presión se acumula en nuestros ojos. Son las lágrimas, que quieren salir. Para que el llanto se produzca, nosotros debemos dejar que salga este agua al exterior, aunque sea en pequeña cantidad. Una vez haya salido fuera aunque sea una sola gota, resultará mucho más fácil seguir.
Cuando hayan salido las lágrimas será el momento indicado para utilizar los objetos que hemos enumerado al principio de todo: lo más recomendable de todo es que el amigo nombrado nos ofrezca los pañuelos de papel y nos consuele dejando que le expliquemos el llamado motivo.
Cuando el amigo haya realizado su función, notaremos que ya no tenemos más ganas de llorar y las lágrimas ya no saldrán más: el llanto habrá acabado, y así finaliza también nuestro manual.
Esperemos que haya sido de ayuda.


20 abr. 2010

Mala memoria.

Paula era una chica despreocupada, alegre, y algo torpe, pero, por encima de todo, olvidadiza. Siempre se quejaban de ello sus familiares, cuando se olvidaba de sacar a pasear el perro o de ir a tirar la basura, sus amigos, cuando no recordaba qué día habían quedado o a qué hora empezaba la película, y sus profesores, cuando se dejaba los deberes en casa o no se acordaba de traer el justificante para ir de excursión. A pesar de ello, había alguien que nunca se quejaba de la mala memoria de Paula. Daniel. Un día en que estaba deprimido, le preguntó a Paula si le quería, y ella se indignó. “¡Pero por qué preguntas, si ya sabes que sí!”. “No, por nada, porque me gusta oírtelo”.
Nunca más Paula se olvidó de decirle “te quiero” cada día sin falta. Y es que para las cosas importantes de verdad, tenía toda la cabeza del mundo.

15 abr. 2010

El mejor fotógrafo del mundo.

Foto tomada por Alex Cliffhanger, el 5/2/2011




Él era el mejor fotógrafo del mundo, aunque aún no lo supiera. Después de toda su vida entregado al que sería su arte, dedicando su tiempo libre después del colegio a ello, estudiando como un condenado en el instituto para que le concedieran una beca para la mejor academia posible, y una vez ahí, trabajando como su le fuera la vida en ello para aprender y dominar las técnicas como un maestro, el fotógrafo encontró un empleo mediocre que no permitiría a nadie expresar su auténtico talento al mundo: fotografiar las piezas que salían en los libros de instrucciones de montaje de los muebles. No hace falta mencionar que era el mejor en ese trabajo, pues sus fotos eran perfectas técnicamente, de encuadres magníficos e iluminación inmejorable. Aunque él sabía que algo andaba mal, no lo hubiera notado en mucho tiempo al fotografiar objetos tan cotidianos y con un fin tan poco interesante.
Al cabo de un par de años, se aburrió de captar con sus lentes simples pedazos de madera y metal, y se buscó un huequecito en la sección de clasificados del periódico local para buscar a gente dispuesta a posar para él gratis: estaba decidido a empezar a ser un artista de verdad, aunque fuera desde lo más bajo; como un mero aficionado, a pesar de sus años de estudio.
Tardó cierto tiempo en aparecer alguien serio,pero finalmente, el fotógrafo quedó por teléfono con una voz clara y musical en un parque del centro para una sesión. La modelo era una joven, profesora de primaria, que deseaba tener fotos suyas pero no tenía mucho que gastar en ellas.
Así, el fotógrafo se dispuso a hacer con sus suaves contornos lo mismo que con los fríos trozos de metal, a acariciar con sus complejas lentes su pelo al sol, a retratar con sus caros aparatos aquellos ojos oscuros y penetrantes. Todo en vano. Se dio cuenta entonces que tenía el mismo problema que con las tuercas: fotos técnicamente impecables, pero sin ningún interés.
Se decidió a probarlo una vez más (no hace falta que os haga notar que nuestro protagonista tenía una gran fuerza de voluntad), y pidió amablemente a la modelo que sonriera a la cámara. Ella frunció el ceño con gesto de lástima.
-Lamento no poder complacerte, pero es que últimamente lo he pasado mal y no creo que mi sonrisa sea suficiente.
El fotógrafo parpadeó desconcertado.
-Pero eres la modelo. Tu trabajo sería engañar a la cámara, y a todos los que vean la foto posterior, para que muestre lo que tú o yo queramos.
Ella negó con la cabeza con aire didáctico.
-¿Qué te enseñaron en la escuela, artista? Deberías saber que las cámaras eran consideradas en sus inicios objetos que se usaban para robar el alma a la gente. Y es que en cierta manera, lo que hacen no es tan diferente: captan el reflejo del alma del retratado, y lo muestran a los ojos de los demás, como si estuviera desnudo. No puedes engañar a una cámara.
El fotógrafo comprendió, y continuó haciendo retratos a la maestra. Esa misma noche, las reveló y retocó él mismo, dejándose la piel, inhalando productos químicos y dejándose la vista en el cuarto de luz roja.
No muy convencido de que hubiera habido un cambio sustancial, a pesar de que efectivamente se lo parecía a primera vista, las mandó a un amigo que trabajaba en una galería de arte. Al cabo de apenas dos días, el fotógrafo fue invitado a presentar su propia exposición: Lo había logrado.
Era el mejor fotógrafo del mundo. Pero necesitó su tiempo para descubrir que las grandes cosas no se hacen sólo con trabajo duro, sino con el alma y sentimiento.

Todo suele ir a parar al sofá.

Foto tomada el 23/04/2011.


-Maestro, busco y busco sin parar, pero no encuentro.
-¿Has mirado por toda la casa?
-Sí.
-¿Debajo de todos los muebles?
-Sí.
-¿Incluso debajo del sofá?
-Sí.
-Qué curioso, todo suele ir a parar al sofá...
-Sí.
-Déjame ver... Un momento, ¿qué estás buscando exactamente?
-No lo sé, de eso se trata.
-¡¿Te has vuelto loco?!
-No, en absoluto. Eres tú el que me pide cosas más extravagantes aún, como que por delante de todo busque la felicidad. ¿Cómo pretendes que la encuentre si no sé ni dónde me la dejé?

5 abr. 2010

Te odio.

Foto tomada el 7/12/2011.


¡Te odio! ¡Desde el primer momento, desde el preciso instante en que nos presentaron, con esa odiosa sonrisa blanca que ciega, con ese pelo rojo tan brillante y raro, supe que no te soportaría! Odio todo lo que haces, todo lo que ello representa. La manera en que echas leche en el café, riéndote como si fueras adorable cuando te salpicas un poco, con esos hoyuelos tan absurdos que se te dibujan en las mejillas, tu manera de andar, con esa gracilidad de bailarina… ¡Anda normal, mujer, que estamos en la calle, no en un escenario!, la ropa que llevas, siempre sobria y elegante, como si fueras de una revista, ¡pretendes hacerme sentir mal a mí, que apenas me cambio de camisa de un día para otro, ¿a que sí?! Sin olvidar por supuesto esa manera en que enarcas las cejas pelirrojas cuando algo que yo digo te hace gracia, que tan irritante resulta, y entonces me das un beso en la mejilla sonriendo con sarcasmo, ¡si es que no te soporto! Pero lo que menos me gusta, lo que más nervioso me pone de toda tu persona, es la manera en que me haces sentir cuando te miro hacer cualquier cosa. Es como un pequeño vacío aquí, en el pecho, que me quita el ánimo para hacer cosas de todo el día, excepto pensar en ti y en lo apetecible que es tocarte esas mejillas paliduchas que tanta grima deberían darme y mirarte a esos ojos verdes que parece que vean a través de mí como el radar de un aeropuerto, haciéndome pensar sólo en decir cosas bonitas, empalagosas y absurdas. O “verdades como templos”, como te gusta llamarlas a ti, pedazo de ñoña.

Diez puñeteros días.

Ya está. Ya pasó. De los mejores diez puñeteros días de mi vida. No, no fui a ningún lugar exótico, sinó que me quedé en casa. No, no hice nada fuera de lo especial, sinó que fui a comer por ahí, a pasear a la ciudad, a comprar libros, a hacer fotos, a los recreativos, a montar en bici, y en varias ocasiones a ninguna parte, sólo me quedé mirando la tele en casa. Pero eso sí, acurrucada contigo y con tu mano acariciándome el pelo. Vienen ganas de ronronear sólo de pensarlo. Ya pasó. De los diez puñeteros días más cortos de mi vida, y eso que una de esas noches no la malgastamos durmiendo...
...Cómo se echa de menos a alguien y cómo me acostumbro a la presencia de la gente... Demasiado, porque luego duele. Un pedacito de mi... se llamaba corazón, ¿no? duele. Con poca intensidad, pero muy continuadamente.
Lo único que me alivia de eso es que significa que te quiero.

25 mar. 2010

Perfecto.

Me di cuenta desde el primer momento de que eras mi hombre perfecto: Eres tonto, insufrible, antipático por las mañanas, me avergüenzas cuando salimos por ahí con esa camiseta tan hortera de Super Mario, dejas la tapa del water levantada, te quejas a cada momento, me pones de los nervios, te gusta hacerme cosquillas aunque sabes que lo odio, siempre pierdes el mando de la tele, me mandas a buscarlo por toda la casa, y cuando estoy buscando en los sitios más inverosímiles, me avisas con tu típico "¡Cariño! ¡Deja de buscar, me había sentado encima!", me aburres con tus largas explicaciones, no te gusta nada de lo que a mí, me pones morritos si salgo con mis amigas, te da palo salir a pasear, y si te saco a base de gimotear y poner caritas, te vuelves a quejar, cuando vamos al cine, te pones a charlar con el del lado, tus amigos están locos, eres un guarro de cuidado, pero yo no puedo tener la ropa del día anterior por el suelo, y por encima de todo eso, te quería y te quiero como si no tuviera nada mejor que hacer, que lo tengo.

28 feb. 2010

Alas de mariposa.

Fue tan oscura y trágica, esa noche. La noche en que me separé de este mundo, la noche en que di un disgusto a mi querida hermana. La noche que morí.
Lo recuerdo nítidamente, era una noche ventosa de verano, en que el rítmico golpeteo de los pórticos de las persianas contra las paredes de afuera me despertó de mi dulce sueño infantil.
Traté de dormirme; de veras que sí, pero simplemente no podía. Me había desvelado ya, y tras unos minutos manteniéndome quieta y tensa para no despertar también a Sue, cuya casi inaudible respiración sonaba acompasada en la cama debajo de mí, me levanté con cuidado de no hacer ruidos innecesarios. Abrí la ventana, salté a la escalera de incendios que había justo al lado, y subí rápida a la azotea, dónde tantas veces había ido en las noches de insomnio, sola o con Sue.
Aspiré profundamente, saboreando la fresca brisa de aquella noche, y contemplando las luces de la ciudad por debajo de mí. Me embelesé, pensando en cosas de niñas, dejando el tiempo pasar, entreteniéndome adivinando de qué color sería el próximo coche en pasar, cuando un destello rojo que cruzó mi campo de visión me desencantó; seguí esa mancha con la mirada. Se trataba de una pequeña mariposa de un intenso color escarlata, que revoloteaba apaciblemente, aparentemente ajena a la brisa que me apartaba el pelo de la cara.
Aplaudí, contenta. ¡Era tan bonita…! Brinqué detrás de ella, quería atraparla, que con sus alas de algodón me acariciara las mejillas. La perseguí, pero no se dejaba atrapar. Hubiera jurado que jugaba conmigo, hasta que después vi que jugaba conmigo, no como con una compañera, sino como con un juguete.
Se posó grácil en la barandilla que delimitaba la azotea, y sonreí, confiada. Ya la tenía, ¿no? Corrí veloz y con las manos abiertas, la tenía, la tenía… pero no. Salió volando, aguardándome apenas un metro más allá de la barandilla. Fruncí el ceño, y me encaramé, moviendo el brazo, tratando de alcanzarla. Se alejó un poco más, me apoyé para tratar de llegar más lejos, y entonces… pasó.
Mis pies, de puntillas, resbalaron con el frío hormigón del suelo, y no pude agarrarme al frío metal pintado de la barandilla. Me caí, mi camisa de dormir ondeando al viento, mis brazos extendidos, aún no sé si tratando de agarrar la barandilla o bien la mariposa, que seguía revoloteando a la misma altura que antes, riéndose de mí.
Parpadeé muchas veces, la caída me tomó tan de sorpresa que no me imaginaba el sordo ruido de mis huesos crujiendo contra la claraboya iluminada que había bajo mi cuerpo, y que cada vez se acercaba más.
La última imagen que mis ojos grabaron antes de morir, fue un intenso color rojo oscuro que salía disparado, no sabía de dónde, rodeándome. Y me sentí feliz entre tanta confusión, pues creía que se trataba de las alas de la roja mariposa que me acogían con ternura.
Una fracción de segundo después de tocar el frío cristal, ya no estaba ahí. Y el suave viento seguía moviendo mis ropas y cabellos, en esa cálida y ventosa noche de verano en que morí.

1 feb. 2010

Bello ángel de alas de sangre.

Volví a soñar con eso, con aquel día en que mi infancia se rompió en mil pedazos, en que mi mundo se desmoronó ante mis propios ojos, rasgando esa agradable máscara que cubre la realidad, y mostrándome esta última con toda su crudeza. Nunca olvidaré esos minutos, tal vez los más angustiosos de mi vida. Nunca olvidaré cómo me desperté, en mitad de la noche, a causa del fuerte viento que soplaba aquella noche. Ni tampoco lo silencioso que me parecía todo, mientras trataba de dormirme, ni los eternos minutos que tardé en darme cuenta de que lo que faltaba era la respiración de Abigail encima de mí. Me levanté de un salto.Sabía perfectamente dónde estaba, por algo éramos hermanas. Fui como una exhalación, salí por la ventana y con cuidado diposité mi pie descalzo en la escalera de incendios. Subí a toda velocidad a la azotea; no la vi.Una vez ahí, la vista nocturna de la ciudad me cautivó una vez más, y me olvidé del paradero de mi hermana por un segundo. Contemplé entretenida la ciudad de noche, encaramada a la barandilla, pensando en que cuando fuera mayor pasaría las noches divirtiéndome entre luces de neón, dominando las callejuelas nocturnas de esa ciudad que nunca duerme. Entonces fue cuando la vi, y teniéndome a mí tan embelesada, me tomó aún más por sorpresa, como un puñetazo que viene por detrás.En la claraboya de cristal que daba a ese lado de la azotea, en el edificio de enfrente, muchas plantas más abajo, la vi.Una mancha oscura, como disparada, cubría la iluminada claraboya ante mis impresionados ojos. En medio de ese charco de sangre negra, ella, Abigail, Abby, mi hermana, una delicada figura blanca, como una pequeña paloma de seis años, sus plumas un ondeante camisón de algodón blanco, mancilladas aquí y allí por alguna que otra salpicadura de negro fluido vital. Su pelo claro ondeante, sus ojos abiertos de par en par, sorprendidos, fijos al infinito. Fuera de mi alcance. Con ese gesto de sorpresa, de horror, en su dulce rostro infantil. Con esas dos alas de sangre negra brotando de sus espaldas. Un bello ángel caído con sus alas teñidas de sangre.