26 dic. 2008

Confesión.


¡¿Qué es este sentimiento?! ¡¿Y por qué aparece ahora?! No comprendo a raíz de qué sale, qué es lo que lo causa, y me inquieta no saber.
Una presión, una fuerza, que me oprime el pecho, que me aspira el aire de los pulmones y que me impide concentrarme en mis estudios, en las comidas, en las conversaciones con otra gente que no seas tú, que me distrae de mi vida diaria. ¿Qué es esto? ¿Por qué ahora tengo esta misma opresión haciendo el vacío en mi pecho de este modo? ¿Por qué estoy todo el día, ansiosa, esperando esa hora del día en que puedo hablar contigo y reír, relajarme, disfrutar de la ausencia de ese peso que tú me causas?
He estado pensándolo, creo que eres tú el que me haces daño, que tú eres la causa de ese dolor, y, según la lógica, odio lo que me hace daño. Siguiendo esa línea de pensamiento, se llega a una simple conclusión: Te odio.
Aún así, esa afirmación, que tan simple solución aporta a la ansiedad que me desconcierta, hace que me chirríen los oídos. No te odio, no puedo. No puedo desearte mal, me resulta imposible, eres demasiado bueno, demasiado importante.
¿Entonces, eso qué quiere decir?
¿...Me está intentando decir mi cuerpo con esa presión que lo que pasa es que te quiero?

7 oct. 2008

Memorias de un piojo

Otra redacción.
Espero que sea de vuestro gusto ^^

Memorias de un piojo

Yo nací hace no mucho tiempo. Mi casa no era muy acogedora cuando llegué. Estaba yo sólo, pues mis padres me habían abandonado, como es tradición entre los de mi especie. Mi casa estaba sucia, llena de grasa: seguro que hacía mucho que no se lavaba la cabeza.
Mi huésped era un vagabundo que vivía en la calle, por lo que a veces pasaba frío. En el mejor de los casos, el vagabundo se cubría la cabeza con un gorro, y entonces pasábamos días sin ver la luz del sol. Fue horrible.
La comida era insípida y con poca sustancia, así que, en vista de un mejor futuro, a los diez días me fui a otro ser.
Creo que era bailarín de un circo. Todos los huéspedes de la cabeza vivíamos atemorizados, ya que cuando menos lo esperábamos, todo empezaba a menearse como en un terremoto, y todos teníamos que sujetarnos a los pelos para no caer. Algunos de mis más queridos amigos de infancia se precipitaron en un oscuro viaje al vacío, y no los he vuelto a ver. La comida estaba un poco mejor, eso hay que mencionarlo.
Un día, unos amigos decidieron emigrar, y yo fui con ellos. Tendría unos veinte días.
¡Qué joven y estúpido era...! Ése fue el principio de mi fatídico final.
Nos perdimos. Estuvimos horas enteras vagando por las calles, medio muertos de hambre. Algunos de mis amigos decidieron volver a la colonia anterior, pero los demás, insensatos, seguimos con nuestra misión.
Al final, tuvimos que conformarnos con un perro. Era pequeño, de pelo rizado y muy limpio. Unas pulgas muy alegres (pero rurales; eran pulgas, al fin y al cabo) nos dieron la bienvenida y compartieron la comida (demasiado amarga para mi gusto) durante algunas horas. Fuimos bastante felices.
Al cabo de unas horas, vimos que el perro volvía a casa. Su ama, una mujer grande y pulcra, cogió al perro en brazos, que se rascaba frenéticamente.
-Pero... ¡Qué sucio estás! –dijo ella horrorizada –Esto no puede ser. Ahora mismo iré a buscarte el jabón y te prepararé un bañito...
Esas palabras sentaron a los ocupantes del perro como una sentencia de muerte. Aquí estamos, desesperados, hambrientos, débiles... No podemos huir.
Escribo estas líneas con frustración y melancolía, esperando que alguien las lea. Voy a morir, bien sea ahogado o intoxicado por los productos químicos. Igualito que en una cámara de gas. No sé cómo voy a salir de ésta...

2 oct. 2008

Mi primer amor

Lucas estaba muy emocionado. Desde la ventanilla del coche veía pasar a velocidad de vértigo árboles verdes y casitas blancas. Era el inicio de las vacaciones de verano, y sus padres habían decidido llevárselo a la casa de la playa, en un pequeño pueblo pescador, con su abuela.
Estaba en una encrucijada de sentimientos. Por un lado, estaba emocionado, sí. Iba a conocer gente nueva, hacer cosas distintas, y vería el mar por primera vez. Pero, por otro lado, estaba melancólico, pensando en sus amigos y añorando su ciudad.
Cerró los ojos, resignado a ese pensamiento, y durmió el resto del viaje.
Al llegar, abrió los ojos nada más pararse el coche. Una luz resplandeciente lo cegaba. Un sol magnífico y un cielo azul cian brillaban con luz propia.
Entraron en la casa, Lucas arrastrando sus maletas. Sus padres saludaron a la abuela, le dieron dos besos al muchacho, y le desearon buenas vacaciones. Subieron al coche y se fueron a casa. Lucas los envidiaba un poco. Le dio las gracias a su abuela por alojarlo, y un beso en la mejilla.
-¿Por qué no vas a dar un paseo por el pueblo? –le sugirió ella- Puede que conozcas a amigos nuevos. Y de paso, te enteras de las cosas divertidas que se puedan hacer por aquí.
Con resignación, y sin verdaderas ganas, Lucas abrió la puerta de nuevo y salió a fuera arrastrando los pies.
La casa blanca de su abuela estaba a un kilómetro del pueblo propiamente dicho. Andando por un caminito al lado de la playa, contempló el mar. Al ver el mar de un azul tan limpio, con la arena suave, y un calor tan sofocante, decidió darse un chapuzón. Se quitó la camiseta, y con el bañador que ya llevaba puesto de casa, corrió a lanzarse al mar.
Se le había olvidado que no sabía nadar, y se quedó parado en la orilla, con el agua fresca mojándole los tobillos.
Una risa burlona lo desvió de sus funestos pensamientos. Se giró de golpe, enfadado, y se sorprendió de ver una chica. Delgada, pequeña, de más o menos su edad. Molesto, se encaminó hacia ella.
-Oye, ¿y tú de que te ríes? –le preguntó él.
-¿Yo? De nada... –dijo ella, disimulando.
-¡Te estabas riendo de mí! ¿Por qué? –insistió él.
-Bueno, ¿es que acaso te has dejado tus habilidades natatorias en casa, niño de ciudad?
Lucas enrojeció, indignado. Vaya, sí, empezaban bien las vacaciones. Tan sólo salir de casa, y ya se burlaban de él las chicas del pueblo.
Se fue hacia donde estaba su camiseta y se la puso. Sin dirigir una segunda mirada a la chica, siguió su camino hacia la casa. No quería ir al pueblo, ¿y si todos eran como la chica?
Llegó a la casita blanca, y se fue a su habitación sin decir nada a su abuela. Por lo que a él respectaba, el día había acabado.
A la mañana siguiente se despertó de mejor humor. Era muy tarde, y su abuela le había dejado un par de bollos de desayuno; los cogió, y salió por la puerta.
Mientras masticaba con fruición, decidió que ese verano aprendería a nadar, pasara lo que pasara.
Así que, cada día, seguía la misma rutina: Se despertaba tarde, iba a la playa, intentaba chapotear durante un par de horas, y, por la tarde, hacía los deberes de verano.
Su abuela estaba muy contenta con lo aplicado que era su nieto, así que un día le preguntó si le parecía bien que invitara a una chica para que Lucas la ayudara con sus deberes.
Lucas aceptó. Le iría bien conocer gente nueva.
Por la tarde, sonó el timbre. Lucas bajó las escaleras corriendo, contento. Abrió la puerta, y la sonrisa se le heló.
-Hola, me llamo Georgina, pero puedes llamarme Gina. Así que tú eres el nieto de Beatriz...
-Vaya, tú... Eres... la chica del otro día... –comentó él sin poder ocultar su falta de entusiasmo.
-Menos hablar. Vamos a estudiar, que por eso he venido.
Pasaron los días, y cada día por la tarde quedaban. Se hicieron amigos, se contaron secretos, hicieron bromas...
Lucas empezó a desear que el verano nunca terminara.
Un día, ella decidió presentarle a sus amigos. No le gustaron, pero debía mantener la compostura.
Más tarde, Gina y él andaban hasta la casa de la muchacha.
-No te han gustado, ¿verdad?
-¿Qué? ¡No, qué va! Son geniales –mintió él.
-No te preocupes, a mí tampoco me encantan. Son conocidos míos del grupo de natación.
-¿Grupo de natación? –así que por eso se había reído de él la primera vez.
-Sí. Dentro de un par de días hay una carrera. Se celebra todos los años. Se nada unos diez kilómetros, se da la vuelta a esas rocas de ahí, y se vuelve.
El día de la competición, unas nubes negras de tormenta cubrían el cielo, normalmente azul. Amenazaba con, como mínimo, llover, dentro de cualquier momento.
Gina saltó al agua con un grácil movimiento a la señal del juez.
Nadó, en línea recta, rato y rato. Todavía quedaban unos kilómetros.
El tiempo empeoró, se levantó una brisa suave, que pronto fue un vendaval considerable.
Una corriente arrastró a Gina contra una roca, golpeándola con fuerza. Perdió el sentido, y su cuerpo se hundió, sin movimiento aparente.
Todo el mundo se quedó mirando, tenso, aterrado.
Lucas, presa del pánico, saltó. Quería salvarla, a toda costa.
Arrastró con dificultad el cuerpo inerte de ella, y todo el mundo le vitoreó, como a un héroe. Demasiado pronto.
Lucas miró al cielo, y susurró, a todos y a nadie a la vez:
-Demasiado tarde. Está muerta.