15 mar. 2014

El ritual.



La habitación estaba muy oscura. No se veía nada, pero podía percibir el sonido de la respiración expectante de los agitados presentes. Debía haber unas quince o veinte personas en la penumbra, todos apretujados contra otros y nerviosos.
Se abrió una puerta y entró una mujer, ataviada con el atuendo ceremonial típico. Con las palmas de las manos mirando al techo portaba un objeto ornamentado con un montón de velas. La tenue luz de las velas encendió los corazones de todos los presentes que, como una sola alma, empezaron a cantar una cautivadora melodía.
Durante esos breves minutos que duró la canción, y aprovechando la escasa luz que me proporcionaban las velas que llevaba la mujer, me fijé en cómo todos los fieles llevaban atuendos y ornamentos similares a los de ella; unos extraños sombreros cónicos de colores y estampados alegres que no encajaban para nada en ese ambiente opresivo.
La portadora de la ofrenda avanzó lentamente hasta depositar el objeto en una mesa ante un joven que, por su gesto y aspecto, era el líder adorado de la ceremonia. Su sombrero era diferente: más grande y con alguna filigrana dorada. También llevaba un curioso collar de flores rosas sobre sus hombros. El joven adolescente sonrió y se relamió cuando la sacerdotisa dejó la ofrenda sobre la mesa.
El homenajeado aguardó pacientemente a que todos terminaran su cántico y durante unos breves instantes se hizo un silencio absoluto y agobiante. Todos esperaban algo. ¿Qué?
De repente, el chico apagó todas las velas de golpe con un fuerte soplido. Todos se sobresaltaron cuando se hizo la oscuridad total de nuevo.

Lo siguiente que recuerdo es que se hizo la luz, intensa e hiriente en las retinas, y la mujer sacó un afilado cuchillo que hundió en el pastel, desparramando las entrañas de bizcocho y chocolate por la mesa, y la oscura ceremonia finalizó como era debido, con todos los asistentes aplaudiendo y gritando como locos “FELIZ CUMPLEAÑOS”.

9 jul. 2013

Se está rompiendo.

Foto tomada el 4/07/2012.


Se está rompiendo. Lenta, pero en proceso constante, su vida, al igual que una camiseta que te has enganchado con el pomo de la puerta al salir apresuradamente de casa, empezó con un pequeño desgarrón deshilachado y evoluciona a una destrucción total.

Se está rompiendo, se va a romper. No puede evitar las miradas despectivas de sus compañeras en los pasillos, que le provocan una angustia en su interior que no va a llenar fácilmente. Lo intenta, por supuesto, pero luego escucha lo que dicen. Sus palabras hirientes. Sus risas crueles. Y no le queda otro remedio, ahoga esa pequeña voz que chilla en su interior, que ha ido creciendo hasta convertirse en un grito que desgarra su alma de nuevo, o al menos lo intenta, intenta llenar ese vacío. Los chicos que conoce en los bares cada viernes no llenan su alma, pues sus compañeras siguen cuchicheando entre clase y clase, pero ahora riéndose de sus compañías los fines de semana, riéndose de que ella, ¡ella!, hace justo lo mismo que ellas, pero con menos disimulo.

Así que últimamente su vida se compone básicamente de salir y colocarse. Sus viejos amigos no la reconocen, ya no es la chica tierna y dulce que solían querer. Y se distancian. Y le hacen aún más daño. Y mientras, su carnet de identidad falso termina convirtiéndose en su mejor amigo.

Se rompe, se está deshilachando poco a poco, las hebras que conforman su alma. Ya no se reconoce a si misma cuando se mira al espejo. Está guapa, probablemente más bonita que nunca, sus peinados elaborados y ropa marcona la hacen ver atractiva, pero ya no soporta verse a sí misma. Ya no disfruta mirándose coqueta, contándose las pecas o arreglándose el flequillo. Ya no puede.
Pero ya no puede hacer nada, no. No puede hacer nada más que dejarse arrastrar por la espiral de autodestrucción, hacer falsas promesas a sus padres de que estará toda la noche en casa de su vieja amiga de toda la vida, y apagar el teléfono móvil de última generación. Y engañarse a sí misma.

“No estoy rota. Quizás un poco agrietada, pero no rota”. Lo piensa, de verdad. Al menos al principio. Pero sabe que sus intentos desesperados de apagar la voz desgraciada que implora auxilio en su interior se han llevado la mejor parte de su ser. Y que no se la devolverán nunca.

Se va a romper pronto. Pronto, tal vez en unos días, tal vez en unos meses, se romperá definitiva e irreparablemente. Se romperá en mil pedazos en la cama llena de peluches de su habitación forrada de pósters de famosos, dejando una nota escueta en un trozo de papel cuadriculado que habrá arrancado de su libreta de corazones.
Y su alma se romperá del todo con un chasquido como el de una cuerda de violín sometida a demasiada tensión.

29 ene. 2013

¿Qué sentirán las chicas bonitas siendo guapas?

Foto tomada el 15/07/2011.



A veces, paseando por la calle, sentada en el metro, o simplemente mientras hojeo las fotos de una revista, un soplo de melancolía barre mi mente y me deja con esta simple pregunta en la cabeza.
“¿Qué sentirán las chicas bonitas siendo guapas?”
No puedo evitarlo, simplemente me maravillo ante la suerte que tienen algunas agraciadas por Dios o la genética según a quién preguntes, cuerpos bellamente torneados que llaman la atención de cuantos las rodean. Rostros angelicales o exóticos, ojos dulces o de mirada sugerente, cabellera de bucles dorados o lisas melenas negras.
Y luego lo dejo estar, pues me doy cuenta de que incluso las chicas bonitas se preguntan eso mismo.

5 jul. 2012

Luminosa.


Foto tomada el 24/06/2012.


Así era. Así la veía yo, al menos, esa última vez que la vi, en el prado de flores, por aquel entonces yermo, con su vestido blanco y su melena de rizos casi rubios ondeando al son de la brisa de verano.
Su sonrisa de niña. Sus ojos azules como el cielo de agosto. Su voz aguda y risueña como la de algún extraño pájaro tropical. Luminosa. Toda ella.
Dijo algo que no escuché, y se agachó a coger unas florecillas. Pequeñas, frágiles, blancas. Como ella. Cerró sus grandes ojos azules y al abrirlos de nuevo se quedó mirando al cielo, acariciando las pequeñas flores blancas con suavidad con sus pequeñas manitas.
-Mañana me voy. Lo sabes. -no era una pregunta. Era una afirmación, que esperaba ser ratificada, o que tal vez deseaba ser negada. Bajé la cabeza, formando un raro contraste: ella miraba hacia arriba y yo hacia abajo. No dije nada.
Así pasaron unos minutos. Nadie dijo nada. De repente ella alzó los brazos, sonriendo levemente, sus ojos grandes y redondos mirando al cielo en busca de algo mejor.
Daba la impresión de que iba a alzar el vuelo en cualquier momento, su vestido blanco de algodón fino y sus cabellos claros ondeando al viento, escapando lejos de esa realidad que no la convencía, escapando de mí, escapando de todo. Siendo libre.
Como un pájaro grácil, delgado y huesudo pero de plumaje suave, blando y blanco,
Así era ella.
Luminosa, brillante, blanca como un cisne.

17 abr. 2012

Grandes placeres #2

Foto tomada el 20/08/2009.




Abrir un buen libro, oír cómo crujen sus hojas, aspirar el olor de la tinta, pasar las páginas y sentir el suave tacto del papel en las yemas de los dedos, sintiendo así la firme voluntad de alguien, no, de más de un alguien, de todo un colectivo, de hacerte llegar un mensaje.
Devorar página tras página, dejarte llevar por las letras, desplazándote cada vez más a medida que lees hacia ese inevitable destino que el autor guarda para ti y que ha tejido con sus palabras. Ese mundo imaginario que es, al mismo tiempo, idéntico para todos, pues todos leemos las mismas palabras impresas, pero por otro lado, único para cada uno, pues cada lector lo reconstruye mentalmente para sí usando su propia imaginación.