15 abr. 2010

El mejor fotógrafo del mundo.

Foto tomada por Alex Cliffhanger, el 5/2/2011




Él era el mejor fotógrafo del mundo, aunque aún no lo supiera. Después de toda su vida entregado al que sería su arte, dedicando su tiempo libre después del colegio a ello, estudiando como un condenado en el instituto para que le concedieran una beca para la mejor academia posible, y una vez ahí, trabajando como su le fuera la vida en ello para aprender y dominar las técnicas como un maestro, el fotógrafo encontró un empleo mediocre que no permitiría a nadie expresar su auténtico talento al mundo: fotografiar las piezas que salían en los libros de instrucciones de montaje de los muebles. No hace falta mencionar que era el mejor en ese trabajo, pues sus fotos eran perfectas técnicamente, de encuadres magníficos e iluminación inmejorable. Aunque él sabía que algo andaba mal, no lo hubiera notado en mucho tiempo al fotografiar objetos tan cotidianos y con un fin tan poco interesante.
Al cabo de un par de años, se aburrió de captar con sus lentes simples pedazos de madera y metal, y se buscó un huequecito en la sección de clasificados del periódico local para buscar a gente dispuesta a posar para él gratis: estaba decidido a empezar a ser un artista de verdad, aunque fuera desde lo más bajo; como un mero aficionado, a pesar de sus años de estudio.
Tardó cierto tiempo en aparecer alguien serio,pero finalmente, el fotógrafo quedó por teléfono con una voz clara y musical en un parque del centro para una sesión. La modelo era una joven, profesora de primaria, que deseaba tener fotos suyas pero no tenía mucho que gastar en ellas.
Así, el fotógrafo se dispuso a hacer con sus suaves contornos lo mismo que con los fríos trozos de metal, a acariciar con sus complejas lentes su pelo al sol, a retratar con sus caros aparatos aquellos ojos oscuros y penetrantes. Todo en vano. Se dio cuenta entonces que tenía el mismo problema que con las tuercas: fotos técnicamente impecables, pero sin ningún interés.
Se decidió a probarlo una vez más (no hace falta que os haga notar que nuestro protagonista tenía una gran fuerza de voluntad), y pidió amablemente a la modelo que sonriera a la cámara. Ella frunció el ceño con gesto de lástima.
-Lamento no poder complacerte, pero es que últimamente lo he pasado mal y no creo que mi sonrisa sea suficiente.
El fotógrafo parpadeó desconcertado.
-Pero eres la modelo. Tu trabajo sería engañar a la cámara, y a todos los que vean la foto posterior, para que muestre lo que tú o yo queramos.
Ella negó con la cabeza con aire didáctico.
-¿Qué te enseñaron en la escuela, artista? Deberías saber que las cámaras eran consideradas en sus inicios objetos que se usaban para robar el alma a la gente. Y es que en cierta manera, lo que hacen no es tan diferente: captan el reflejo del alma del retratado, y lo muestran a los ojos de los demás, como si estuviera desnudo. No puedes engañar a una cámara.
El fotógrafo comprendió, y continuó haciendo retratos a la maestra. Esa misma noche, las reveló y retocó él mismo, dejándose la piel, inhalando productos químicos y dejándose la vista en el cuarto de luz roja.
No muy convencido de que hubiera habido un cambio sustancial, a pesar de que efectivamente se lo parecía a primera vista, las mandó a un amigo que trabajaba en una galería de arte. Al cabo de apenas dos días, el fotógrafo fue invitado a presentar su propia exposición: Lo había logrado.
Era el mejor fotógrafo del mundo. Pero necesitó su tiempo para descubrir que las grandes cosas no se hacen sólo con trabajo duro, sino con el alma y sentimiento.

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