5 abr 2010

Te odio.

Foto tomada el 7/12/2011.


¡Te odio! ¡Desde el primer momento, desde el preciso instante en que nos presentaron, con esa odiosa sonrisa blanca que ciega, con ese pelo rojo tan brillante y raro, supe que no te soportaría! Odio todo lo que haces, todo lo que ello representa. La manera en que echas leche en el café, riéndote como si fueras adorable cuando te salpicas un poco, con esos hoyuelos tan absurdos que se te dibujan en las mejillas, tu manera de andar, con esa gracilidad de bailarina… ¡Anda normal, mujer, que estamos en la calle, no en un escenario!, la ropa que llevas, siempre sobria y elegante, como si fueras de una revista, ¡pretendes hacerme sentir mal a mí, que apenas me cambio de camisa de un día para otro, ¿a que sí?! Sin olvidar por supuesto esa manera en que enarcas las cejas pelirrojas cuando algo que yo digo te hace gracia, que tan irritante resulta, y entonces me das un beso en la mejilla sonriendo con sarcasmo, ¡si es que no te soporto! Pero lo que menos me gusta, lo que más nervioso me pone de toda tu persona, es la manera en que me haces sentir cuando te miro hacer cualquier cosa. Es como un pequeño vacío aquí, en el pecho, que me quita el ánimo para hacer cosas de todo el día, excepto pensar en ti y en lo apetecible que es tocarte esas mejillas paliduchas que tanta grima deberían darme y mirarte a esos ojos verdes que parece que vean a través de mí como el radar de un aeropuerto, haciéndome pensar sólo en decir cosas bonitas, empalagosas y absurdas. O “verdades como templos”, como te gusta llamarlas a ti, pedazo de ñoña.

Diez puñeteros días.

Ya está. Ya pasó. De los mejores diez puñeteros días de mi vida. No, no fui a ningún lugar exótico, sinó que me quedé en casa. No, no hice nada fuera de lo especial, sinó que fui a comer por ahí, a pasear a la ciudad, a comprar libros, a hacer fotos, a los recreativos, a montar en bici, y en varias ocasiones a ninguna parte, sólo me quedé mirando la tele en casa. Pero eso sí, acurrucada contigo y con tu mano acariciándome el pelo. Vienen ganas de ronronear sólo de pensarlo. Ya pasó. De los diez puñeteros días más cortos de mi vida, y eso que una de esas noches no la malgastamos durmiendo...
...Cómo se echa de menos a alguien y cómo me acostumbro a la presencia de la gente... Demasiado, porque luego duele. Un pedacito de mi... se llamaba corazón, ¿no? duele. Con poca intensidad, pero muy continuadamente.
Lo único que me alivia de eso es que significa que te quiero.

25 mar 2010

Perfecto.

Me di cuenta desde el primer momento de que eras mi hombre perfecto: Eres tonto, insufrible, antipático por las mañanas, me avergüenzas cuando salimos por ahí con esa camiseta tan hortera de Super Mario, dejas la tapa del water levantada, te quejas a cada momento, me pones de los nervios, te gusta hacerme cosquillas aunque sabes que lo odio, siempre pierdes el mando de la tele, me mandas a buscarlo por toda la casa, y cuando estoy buscando en los sitios más inverosímiles, me avisas con tu típico "¡Cariño! ¡Deja de buscar, me había sentado encima!", me aburres con tus largas explicaciones, no te gusta nada de lo que a mí, me pones morritos si salgo con mis amigas, te da palo salir a pasear, y si te saco a base de gimotear y poner caritas, te vuelves a quejar, cuando vamos al cine, te pones a charlar con el del lado, tus amigos están locos, eres un guarro de cuidado, pero yo no puedo tener la ropa del día anterior por el suelo, y por encima de todo eso, te quería y te quiero como si no tuviera nada mejor que hacer, que lo tengo.

28 feb 2010

Alas de mariposa.

Fue tan oscura y trágica, esa noche. La noche en que me separé de este mundo, la noche en que di un disgusto a mi querida hermana. La noche que morí.
Lo recuerdo nítidamente, era una noche ventosa de verano, en que el rítmico golpeteo de los pórticos de las persianas contra las paredes de afuera me despertó de mi dulce sueño infantil.
Traté de dormirme; de veras que sí, pero simplemente no podía. Me había desvelado ya, y tras unos minutos manteniéndome quieta y tensa para no despertar también a Sue, cuya casi inaudible respiración sonaba acompasada en la cama debajo de mí, me levanté con cuidado de no hacer ruidos innecesarios. Abrí la ventana, salté a la escalera de incendios que había justo al lado, y subí rápida a la azotea, dónde tantas veces había ido en las noches de insomnio, sola o con Sue.
Aspiré profundamente, saboreando la fresca brisa de aquella noche, y contemplando las luces de la ciudad por debajo de mí. Me embelesé, pensando en cosas de niñas, dejando el tiempo pasar, entreteniéndome adivinando de qué color sería el próximo coche en pasar, cuando un destello rojo que cruzó mi campo de visión me desencantó; seguí esa mancha con la mirada. Se trataba de una pequeña mariposa de un intenso color escarlata, que revoloteaba apaciblemente, aparentemente ajena a la brisa que me apartaba el pelo de la cara.
Aplaudí, contenta. ¡Era tan bonita…! Brinqué detrás de ella, quería atraparla, que con sus alas de algodón me acariciara las mejillas. La perseguí, pero no se dejaba atrapar. Hubiera jurado que jugaba conmigo, hasta que después vi que jugaba conmigo, no como con una compañera, sino como con un juguete.
Se posó grácil en la barandilla que delimitaba la azotea, y sonreí, confiada. Ya la tenía, ¿no? Corrí veloz y con las manos abiertas, la tenía, la tenía… pero no. Salió volando, aguardándome apenas un metro más allá de la barandilla. Fruncí el ceño, y me encaramé, moviendo el brazo, tratando de alcanzarla. Se alejó un poco más, me apoyé para tratar de llegar más lejos, y entonces… pasó.
Mis pies, de puntillas, resbalaron con el frío hormigón del suelo, y no pude agarrarme al frío metal pintado de la barandilla. Me caí, mi camisa de dormir ondeando al viento, mis brazos extendidos, aún no sé si tratando de agarrar la barandilla o bien la mariposa, que seguía revoloteando a la misma altura que antes, riéndose de mí.
Parpadeé muchas veces, la caída me tomó tan de sorpresa que no me imaginaba el sordo ruido de mis huesos crujiendo contra la claraboya iluminada que había bajo mi cuerpo, y que cada vez se acercaba más.
La última imagen que mis ojos grabaron antes de morir, fue un intenso color rojo oscuro que salía disparado, no sabía de dónde, rodeándome. Y me sentí feliz entre tanta confusión, pues creía que se trataba de las alas de la roja mariposa que me acogían con ternura.
Una fracción de segundo después de tocar el frío cristal, ya no estaba ahí. Y el suave viento seguía moviendo mis ropas y cabellos, en esa cálida y ventosa noche de verano en que morí.

1 feb 2010

Bello ángel de alas de sangre.

Volví a soñar con eso, con aquel día en que mi infancia se rompió en mil pedazos, en que mi mundo se desmoronó ante mis propios ojos, rasgando esa agradable máscara que cubre la realidad, y mostrándome esta última con toda su crudeza. Nunca olvidaré esos minutos, tal vez los más angustiosos de mi vida. Nunca olvidaré cómo me desperté, en mitad de la noche, a causa del fuerte viento que soplaba aquella noche. Ni tampoco lo silencioso que me parecía todo, mientras trataba de dormirme, ni los eternos minutos que tardé en darme cuenta de que lo que faltaba era la respiración de Abigail encima de mí. Me levanté de un salto.Sabía perfectamente dónde estaba, por algo éramos hermanas. Fui como una exhalación, salí por la ventana y con cuidado diposité mi pie descalzo en la escalera de incendios. Subí a toda velocidad a la azotea; no la vi.Una vez ahí, la vista nocturna de la ciudad me cautivó una vez más, y me olvidé del paradero de mi hermana por un segundo. Contemplé entretenida la ciudad de noche, encaramada a la barandilla, pensando en que cuando fuera mayor pasaría las noches divirtiéndome entre luces de neón, dominando las callejuelas nocturnas de esa ciudad que nunca duerme. Entonces fue cuando la vi, y teniéndome a mí tan embelesada, me tomó aún más por sorpresa, como un puñetazo que viene por detrás.En la claraboya de cristal que daba a ese lado de la azotea, en el edificio de enfrente, muchas plantas más abajo, la vi.Una mancha oscura, como disparada, cubría la iluminada claraboya ante mis impresionados ojos. En medio de ese charco de sangre negra, ella, Abigail, Abby, mi hermana, una delicada figura blanca, como una pequeña paloma de seis años, sus plumas un ondeante camisón de algodón blanco, mancilladas aquí y allí por alguna que otra salpicadura de negro fluido vital. Su pelo claro ondeante, sus ojos abiertos de par en par, sorprendidos, fijos al infinito. Fuera de mi alcance. Con ese gesto de sorpresa, de horror, en su dulce rostro infantil. Con esas dos alas de sangre negra brotando de sus espaldas. Un bello ángel caído con sus alas teñidas de sangre.